viernes 12 de febrero de 2010

La muerte que más tarda en llegar

Decía el sabio Señor Casamajor (aquella deliciosa invención radiofónica de Xavier Sardá)que las personas se mueren dos veces: la primera, cuando el cuerpo deja de funcionar; la segunda y definitiva, cuando alguien pronuncia su nombre o lo recuerda por última vez... para siempre jamás.

Esto lo decía el viejo personaje de 'La bisagra' (RNE) y 'La ventana' (SER) antes de que siquiera pudiéramos intuir la irrupción de las redes sociales. Porque, ¿Qué ocurre cuando alguien que tiene un perfil, por ejemplo, en Facebook muere físicamente? ¿Su cuerpo comienza a descomponerse a los pocos minutos, pero ¿qué pasa con su cibervida? ¿Cuándo empiezan a corromperse los datos de su perfil, sus fotos, sus vídeo?

¿Cuándo cierra el perfil de facebook de un muerto? ¿En qué momento sus amigos y familiares dejan de escribir en su muro? ¿En qué momento comienza la cuesta del olvido?

Nos encontramos, quizás, en una nueva muerte para el ser humano, que se une a las dos planteadas por Casamajor: la cibermuerte... el día en que todos sus datos desaparecen de todos los e-registros existentes, de todas las bases de datos.

Esta es, seguramente, la muerte que más tarda en llegarle al ser humano.

jueves 4 de febrero de 2010

Cosas que no te puedes llevar

Puedes meter todo en cajas, embalarlo y llevarlo a otro piso; puedes dejar las paredes limpias de cuadros, y los dormitorios huérfanos de lecho; puedes recoger el cepillo de dientes y tu cojín favorito; puedes montar a lomos de tu butacón de orejas y volar hasta tu nueva casa... pero siempre te quedará la sensación de que algo se queda en el viejo piso, de que algo te dejas olvidado al cerrar la puerta por última vez.

Ese algo no es material, creo yo. Me da la sensación de que lo que se queda atrás son los buenos y malos momento vividos en esas paredes, las confidencias, las alegrías, las noches en vela y los días adormilado, las pelis de la tele, el sonido de la radio, el crujir de la madera y las corrientes de aire. El tiempo ganado y perdido en el sofá, el tacto de las paredes, los mil libros empezados y nunca acabado, el aroma del café tempranero, los domingos de cocido madrileño de la señora Pili, el sonido del timbre, las pisadas del vecino...

Todo eso no te lo puedes llevar. Se queda grabado en el aire de la vieja casa, que se lo susurarrá al nuevo inquilino, porque una casa es, sobre todo, la gente que durante años ha habitado en ella.

NOTA: Pese a dejar la Calle Mayor como lugar de residencia, este blog continuará llamándose así, ya que espero seguir siendo un madrileño del barrio de los Austrias.

domingo 17 de enero de 2010

Haití y el despliegue informativo

Estoy horrorizado con el drama que vive Haití. No puedo evitar un nudo en la garganta al ver por televisión las imágenes de mujeres, hombres, niños, ancianos igualados por la tragedia. Un terremoto como el de Haití iguala en la impotencia a todos cuantos lo sufren.

Estamos, posiblemente, ante la primera gran catástrofe de la historia narrada en directo radical (conexiones vía satélite de todas las televisiones, radio en directo, twitter, facebook, blogueros...).

Es la primera vez que la información llega en forma de torrente arrollador, nos agarra de las solapas y nos sacude para hacernos ver que la de Haití no es una tragedia lejana; ha ocurrido aquí cerca, en el mismo mar Caribe que millones de personas gozamos cada año.

Pero, ¿es necesaria tanta información gráfica? ¿Es imprescindible ese depliegue de imágenes con niñs con la cabeza inerte? No lo sé, de verdad, no lo sé. Y creo que no lo sabré nunca.

jueves 14 de enero de 2010

La vieja maleta

Cuando te deshaces de una maleta, con ella se van los miles de kilómetros que has recorrido con ella. Se va el polvo de los caminos andados, la humedad salada de las playas en las que pasaste las vacaciones, el aroma a leña quemada de aquella casa rural en la que disfrutaste de un fin de semana inolvidable.

Dentro de la maleta se van las horas de la sala de espera de la estación, los retrasos en Barajas, las traviesas maleadas por traqueteo del ferrocarril, los kilómetros de cintas transportadoras, los escáneres de seguridad, las llaves de los hostales de carretera, las tarjetas de los hoteles de cuatro estrellas.

Con la vieja maleta en el contenedor de basura se queda la ropa de verano que nunca más nos pusimos, el rojo-cangrejo de los primeros días al sol y la tormenta del fin del mundo que nos cayó en aquella semana santa en Chipiona.

Cuando te deshaces de la vieja maleta te apuntas al club de la traición, a la cuadrilla de tipos que abren un hueco que nunca llenará una nueva maleta.

martes 5 de enero de 2010

Queridos Reyes Magos:

Esta noche vuestras Majestades entrarán por las ventanas entreabiertas de cientos de miles de hogares en medio mundo. Esta noche pondrán bajo el árbol o sobre el tresillo trocitos de ilusión empaquetados. Esta noche dibujarán las sonrisas a millones de niños que despertarán mareados de felicidad.

En mi carta, queridos Magos, quisiera pediros que no os olvidéis de la chica que intenta vender sus dibujos en la plaza del Ángel. Me gustaría que lograrais borrar de su mirada siquiera por un día la infinita tristeza con la que se dirige a los viandantes y que me parte el corazón.

Quiero pediros también, sabios de Oriente, un poco más de compañía para Elías (no sé si se llama así, pero este nombre le pega), el tipo que duerme en las escaleras de esa discoteca de la calle Huertas. Apasionado del arte, siempre le veo con un pequeño transistor escuchando música clásica mientras recoloca los cartones que le protegen del frío invierno.

No os podéis olvidar, queridos Reyes, de la señora que rebusca cada noche en los cubos de basura de la plaza de Herradores, en busca de algún trozo de comida o de algún objeto valioso despreciado por aquellos que se resguardan tras las cálidas ventanas del Madrid de los Austrias.

Tampoco podéis dejar pasar por alto al chaval de la gorra, que de día trata de aparentar tener una vida normal, pero por la noche busca refugio y sueño sobre las rendijas de ventilación del Metro.

Mucha gente está sola en días como hoy. Somos cinco mil millones de seres humanos. Quisiera pediros que ninguno se sienta solo.

jueves 10 de diciembre de 2009

La agresión a Hermann Terstch

Hace ya varios años, más de diez, yo trabajaba como reportero en una revista de información política que se escoraba por los derroteros de Ferraz. Esa revista recibía cada lunes importantes puntapiés y desprecios por parte de un comunicador radiofónico cuya deriva le hacía navegar por las aguas de la derecha más insistente. "Galpolancofelipistas" era uno de los ingeniosos (y poliédricos) calificativos que recibíamos cada lunes cuando este profesional recibía la revista en su emisora.

Una tarde, una señora, a la que yo tan solo conocía de vista, se me acercó propinándome un empujón al grito de "tú eres un galpolancofelipista y un hijoputa". La energúmena intentó golpearme repetidas veces, pero estaba demasiado exaltada como para atinar.

De que esta señora estuviera como una chota no se podía hacer responsable en absoluto el profesional que acuñó el neologismo. Esta señora era agresiva intrínseca, esencial. La causa externa era tan solo una excusa. Mi repugnancia a las palomas urbanas o mi gusto por el solomillo de buey también le hubieran bastado para sacudirme a placer. Era una chiflada agresiva

Con todo esto, quiero decir que el tipo que agredió a Hermann Terstch es, con toda probabilidad, un tarado que le sacudió brutalmente porque sí; no porque le inspirara un vídeo emitido por el programa 'El Intermedio' de La Sexta; un loco, como los muchos que hay trufando la noche de la cada vez más peligrosa ciudad de Madrid.

Otra discusión muy distinta es considerar que el vídeo del programa de Wyoming sea oportuno o no, sea divertido o no.

Hermann, ponte bueno pronto... de corazón.