Los españoles tenemos el hambre grabado en los genes. La mayoría de nosotros no pasamos (aún) grandes necesidades. Más o menos todo el mundo tiene un plato de comida sobre la mesa; y muchos son los que llegan al día 30 con diez euros en el bolsillo para echar unas cervezas con los amigos.
En España no se pasa hambre; sin embargo, los españoles nos comportamos como si estuviéramos permanentemente en estado de máxima necesidad.
Me he pasado cuatro días encerrado en la Feria Internacional del Turismo (FITUR 2012). Y allí he podido comprobar de primera mano, cómo los españoles nos lanzamos literalmente a por todo aquello que regalan, ya sea un boli, un caramelo, un libro o un folleto de algo que no nos interesa en absoluto. La gente, juro que lo vi, va a FITUR con maletas, pero no para salir de viaje, sino para acumular papelotes y más papelotes sin objetivo alguno. "No me hace falta, pero me lo llevo, porque es gratis".
España es uno de los pocos países donde un kilo de caramelos puede durar lo que tardan en pasar cuatro españoles por delante de él. Al quinto ya no le queda ni uno. Cogemos los caramelos a puñados, igual que hacemos dos horas de cola cuando UPA regala una bolsa de patatas en la Plaza Mayor.
En FITUR la gente se come todo, hasta lo que explícitamente no le gusta. Si alguien ve una zona acotada y unos camareros con bandeja, trata de colarse a ver si pilla un canapé, aunque acabe de comerse un búfalo relleno de polvorones.
Y esto no puede tener otra explicación que el hecho de que en España, desde tiempos ancestrales, siempre se ha pasado mucho hambre y mucha necesidad. Mi abuela guardaba un paquete de café y varios de legumbres en su dormitorio "por si algún día hace falta". Los españoles llevamos en nuestro ADN el gen de la miseria heredado de nuestros tatarabuelos. Es por ello, creo yo, que cuando vemos que algo es gratis nos lazamos a por ello aunque no lo necesitemos o, incluso, lo aborrezcamos.
Somos un país con hambre atávico.
miércoles 25 de enero de 2012
jueves 5 de enero de 2012
El dilema del Rey Melchor
El Rey Melchor está triste y muy cabizbajo: ¿Cómo explicarle al pequeño Santi que, aunque los Reyes Magos existen, es imposible que esta noche le dejen la bicicleta que tanto anhela, porque su papá y su mamá se han quedado en el paro? ¿Qué mierda de magia es ésta?
jueves 29 de diciembre de 2011
Abominable 2012
El despertador ni siquiera ha sonado esta mañana. La radio ya estaba sonando cuando he resucitado del dulce letargo de una noche lenta. Ana Guantes, con la voz firme pero con un poso de amrgura, relataba que el años 2012 va a ser peor todavía. Que no sé qué organización internacional aseguraba que España iba a caer más de un 2%.
En Baleares han comenzado a cobrar 10 euros por la renovación de la tarjeta sanitaria. En Cataluña, un euro por receta y, encima, no han pagado aún la totalidad de la paga extra a los funcionarios. Éstos mismos, pero a nivel nacional, se quedan congelados, tanto como el escueto salario mínimo interprofesional... Cuatro de cada diez trabajadores temen perder su trabajo. El ánimo de la gente está por los suelos.
Y para colmo, el run-run de un "corralito" se cierne sobre los ahorros de los que todavía tienen algo de músculo en el banco en vez de impagos.
No ha comenzado 2012 y ya lo hemos aborrecido. La gente de a pie está deseando ya que llegue 2013.
En Baleares han comenzado a cobrar 10 euros por la renovación de la tarjeta sanitaria. En Cataluña, un euro por receta y, encima, no han pagado aún la totalidad de la paga extra a los funcionarios. Éstos mismos, pero a nivel nacional, se quedan congelados, tanto como el escueto salario mínimo interprofesional... Cuatro de cada diez trabajadores temen perder su trabajo. El ánimo de la gente está por los suelos.
Y para colmo, el run-run de un "corralito" se cierne sobre los ahorros de los que todavía tienen algo de músculo en el banco en vez de impagos.
No ha comenzado 2012 y ya lo hemos aborrecido. La gente de a pie está deseando ya que llegue 2013.
martes 22 de noviembre de 2011
Madrid, junio de 2017
Los neumáticos de la avioneta golpearon con violencia contra el asfalto de la pista de aterrizaje del aeropuerto internacional de Madrid-Barajas. Pese a ello, el piloto logró estabilizar el aparato y recorrer las decenas de metros que mediaban hasta la T-4, la más peligrosa de todas las terminales con las que contaba la inmensa ciudad aeroportuaria.
Cuando Santiago entró en el gigantesco edificio de la terminal revivió de nuevo el momento y las sensaciones que había podido sentir con estupefacción apenas veinte minutos antes. Una ráfaga de ametralladora y un proyectil que podría ser de mortero había estado a punto de derribar la avioneta.
Con las precauciones debidas -Santiago nunca dejaba de lado su manual de viaje- el reportero logró agenciarse un medio de transporte hasta el centro de la ciudad. Se trataba de un viejo Ford Focus de tres puertas conducido por uno de esos mercenarios que se dedicaban a jalonar los innumerables controles de la carretera A-2, que unía Barajas con Madrid.
En el primer control, varios paramilitares robaron a Santiago la cámara de fotos y le exigieron 1000 pesos para evitar la ejecución del chófer-mercenario.
En el segundo, tan solo le recomendaron prudencia -"la zona de Gran Vía está tomado por francotiradores y es difícil salir de allí con vida. Es una ratonera"-, y le pidieron 200 pesos para seguir.
Así sucesivamente -cuatroles más- hasta que llegó a la plaza de Felipe II, una zona a priori tranquila, donde se reunía la prensa internacional. Llegar hasta allí no costaba menos de 10.000 pesos.
Los pocos periodistas que permanecían en Madrid ocupaban viejas casas en este barrio debido, fundamentalmente, a que allí estaba el único edificio de El Corte Inglés que se mantenía abierto y, por tanto, uno de los pocos lugares donde se podía encontrar comida en buenas condiciones; eso sí, a precios astronómicos
Santiago, que llevaba más de 25 años fuera de España, pensó en aquel Madrid brillante previo al estallido de la crisis financiera. El Madrid de los teatros, de los cines, del Bernabéu, de las procesiones y cabalgatas, de las tapas, de las cañas del domingo. Un Madrid que cambió la peseta por el euro y que, más tarde, tuvo que acuñar pesos españoles.
Nadie pensaba que los acontecimientos pudieran precipitarse a tanta velocidad: primero fue la crisis económica; luego llegaron los ataques a la deuda pública; después, la intervención de la Unión Europea; y finamente la expulsión.
El paro se disparó hasta los ocho millones, la inflación se desbocó, el Estado no pudo hacer frente al pago de la deuda, las familias perdieron sus casas y coches... primero llegó la pobreza, luego la hambruna. Entretanto varios milmillonarios estadounidenses, rusos y saudíes, se apropiaron de los activos de las grandes compañías, de los valores, de las propiedades, de la vida de la gente.
Santiago recordaba con claridad el momento en el que la primera patrulla urbana asaltó el primer supermercado en Rivas Vaciamadrid y vació por la fuerza sus existencias. Luego comenzaron acciones violentas, asaltos, robos con agresión asesinatos.
A las pocas semanas, un grupo ciudadano tomó el Congreso y el Palacio de La Moncloa. Murieron 150 personas... el Ejército y la Policía se partió en decenas de facciones diferentes.
Madrid murió: sin servicios públicos, ni transportes, ni comercio; con la ciudad arrasada por el fuego, la pólvora y el plomo era difícil mantenerse.
Y todo empezó por una crisis económica que parecía originada artificialmente para que todo esto pasara, pensó Santiago mientras recibía un balazo en el pecho que lo dejó fulminado en el suelo.
Cuando Santiago entró en el gigantesco edificio de la terminal revivió de nuevo el momento y las sensaciones que había podido sentir con estupefacción apenas veinte minutos antes. Una ráfaga de ametralladora y un proyectil que podría ser de mortero había estado a punto de derribar la avioneta.
Con las precauciones debidas -Santiago nunca dejaba de lado su manual de viaje- el reportero logró agenciarse un medio de transporte hasta el centro de la ciudad. Se trataba de un viejo Ford Focus de tres puertas conducido por uno de esos mercenarios que se dedicaban a jalonar los innumerables controles de la carretera A-2, que unía Barajas con Madrid.
En el primer control, varios paramilitares robaron a Santiago la cámara de fotos y le exigieron 1000 pesos para evitar la ejecución del chófer-mercenario.
En el segundo, tan solo le recomendaron prudencia -"la zona de Gran Vía está tomado por francotiradores y es difícil salir de allí con vida. Es una ratonera"-, y le pidieron 200 pesos para seguir.
Así sucesivamente -cuatroles más- hasta que llegó a la plaza de Felipe II, una zona a priori tranquila, donde se reunía la prensa internacional. Llegar hasta allí no costaba menos de 10.000 pesos.
Los pocos periodistas que permanecían en Madrid ocupaban viejas casas en este barrio debido, fundamentalmente, a que allí estaba el único edificio de El Corte Inglés que se mantenía abierto y, por tanto, uno de los pocos lugares donde se podía encontrar comida en buenas condiciones; eso sí, a precios astronómicos
Santiago, que llevaba más de 25 años fuera de España, pensó en aquel Madrid brillante previo al estallido de la crisis financiera. El Madrid de los teatros, de los cines, del Bernabéu, de las procesiones y cabalgatas, de las tapas, de las cañas del domingo. Un Madrid que cambió la peseta por el euro y que, más tarde, tuvo que acuñar pesos españoles.
Nadie pensaba que los acontecimientos pudieran precipitarse a tanta velocidad: primero fue la crisis económica; luego llegaron los ataques a la deuda pública; después, la intervención de la Unión Europea; y finamente la expulsión.
El paro se disparó hasta los ocho millones, la inflación se desbocó, el Estado no pudo hacer frente al pago de la deuda, las familias perdieron sus casas y coches... primero llegó la pobreza, luego la hambruna. Entretanto varios milmillonarios estadounidenses, rusos y saudíes, se apropiaron de los activos de las grandes compañías, de los valores, de las propiedades, de la vida de la gente.
Santiago recordaba con claridad el momento en el que la primera patrulla urbana asaltó el primer supermercado en Rivas Vaciamadrid y vació por la fuerza sus existencias. Luego comenzaron acciones violentas, asaltos, robos con agresión asesinatos.
A las pocas semanas, un grupo ciudadano tomó el Congreso y el Palacio de La Moncloa. Murieron 150 personas... el Ejército y la Policía se partió en decenas de facciones diferentes.
Madrid murió: sin servicios públicos, ni transportes, ni comercio; con la ciudad arrasada por el fuego, la pólvora y el plomo era difícil mantenerse.
Y todo empezó por una crisis económica que parecía originada artificialmente para que todo esto pasara, pensó Santiago mientras recibía un balazo en el pecho que lo dejó fulminado en el suelo.
viernes 4 de noviembre de 2011
Febrero de 2012
Gonzalo estaba convencido de que todo había pasado ya. Los líderes europeos acababan de acordar el rescate de Grecia a costa del estado de bienestar de aquel país; las tasas de paro parecían haber tocado techo y pronto volverían a un nivel soportable; los bancos, tras las sucesivas inyecciones de dinero público, habían recuperado liquidez y empezarían pronto a dar crédito; el resultado electoral auguraba un cambio en la política económica y un nuevo impulso a la confianza de los mercados en España.
Reconfortado, Gonzalo sonrió, se ajustó el gorro de lana hasta casi taparse los ojos, se echó al suelo y se cubrió con su fiel compañera, la manta raída. Al frío raso de aquel Madrid de finales el mes de febrero de 2012, Gonzalo quedó dormido y soñó con los días felices en que era ejecutivo de cuentas en aquella multinacional que dejó tirados a miles de trabajadores en todo el mundo.
Reconfortado, Gonzalo sonrió, se ajustó el gorro de lana hasta casi taparse los ojos, se echó al suelo y se cubrió con su fiel compañera, la manta raída. Al frío raso de aquel Madrid de finales el mes de febrero de 2012, Gonzalo quedó dormido y soñó con los días felices en que era ejecutivo de cuentas en aquella multinacional que dejó tirados a miles de trabajadores en todo el mundo.
miércoles 14 de septiembre de 2011
Cerró La Alta Taberna
Si pudiese echar en una pileta los cubatas y cervezas que me he bebido a lo largo de los últimos casi 20 años en La Alta Taberna, posiblemente podría llenar una piscina del tamaño del Parque Sindical de Madrid. Sumando horas, casi podría completar una carrera universitaria y un máster internacional. Todas las conversaciones iniciadas y terminadas en ardiente discusión completarían la 'Enciclopedia Británica' y el 'Amadís de Gaula'.
En estos días me he enterado de que La Alta Taberna ha cerrado, dejando tras de sí mil historias que nacieron aquel día en que Félix y Rus decidieron asociarse para coger un bar.
Tres escalones separaban la realidad de la calle de aquel mundo formidable de La Alta Taberna, un lugar donde los parroquianos parecían sacados de un sueño de Berlanga: gente de toda clase venidos de los sitios más insospechados de la geografía, que terminaban pegados a una barra de mármol testigo de las más altas extravagancias.
Daba igual la condición del que llegara de nuevas a La Alta Taberna... Allí todos terminábamos cortados por el mismo rasero. El intelectual bohemio y el iletrado terminaban a la par, igualados en cociente por arte de vinos y birras.
Días y noches entre el vapor de la conversación subida, la tele (más subida todavía) y el calor áspero de un local que poco a poco se fue dejando caer.
La Alta Taberna ha cerrado. Solo puedo darle las gracias a Félix, Miguel y Rus, que la hicieron posible... y a toda la parroquia, que tan inspiradores momentos me proporcionaron.
En estos días me he enterado de que La Alta Taberna ha cerrado, dejando tras de sí mil historias que nacieron aquel día en que Félix y Rus decidieron asociarse para coger un bar.
Tres escalones separaban la realidad de la calle de aquel mundo formidable de La Alta Taberna, un lugar donde los parroquianos parecían sacados de un sueño de Berlanga: gente de toda clase venidos de los sitios más insospechados de la geografía, que terminaban pegados a una barra de mármol testigo de las más altas extravagancias.
Daba igual la condición del que llegara de nuevas a La Alta Taberna... Allí todos terminábamos cortados por el mismo rasero. El intelectual bohemio y el iletrado terminaban a la par, igualados en cociente por arte de vinos y birras.
Días y noches entre el vapor de la conversación subida, la tele (más subida todavía) y el calor áspero de un local que poco a poco se fue dejando caer.
La Alta Taberna ha cerrado. Solo puedo darle las gracias a Félix, Miguel y Rus, que la hicieron posible... y a toda la parroquia, que tan inspiradores momentos me proporcionaron.
martes 6 de septiembre de 2011
El regreso del viejo 'A vivir Madrid'
Hace ya algunos años, recalé junto a Rubén Ruiz en el programa 'Gran Vía' (después 'A vivir Madrid') de la Cadena SER en Madrid, gracias a la generosidad que nos brindó Alberto Granados. Allí estuvimos muy felices hasta julio de 2010.
Alberto ha vuelto a esos pagos y, el sábado 3 de septiembre, regresamos con una renovada sección de zapping. Así sonó.
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