martes 22 de noviembre de 2011

Madrid, junio de 2017

Los neumáticos de la avioneta golpearon con violencia contra el asfalto de la pista de aterrizaje del aeropuerto internacional de Madrid-Barajas. Pese a ello, el piloto logró estabilizar el aparato y recorrer las decenas de metros que mediaban hasta la T-4, la más peligrosa de todas las terminales con las que contaba la inmensa ciudad aeroportuaria.

Cuando Santiago entró en el gigantesco edificio de la terminal revivió de nuevo el momento y las sensaciones que había podido sentir con estupefacción apenas veinte minutos antes. Una ráfaga de ametralladora y un proyectil que podría ser de mortero había estado a punto de derribar la avioneta.

Con las precauciones debidas -Santiago nunca dejaba de lado su manual de viaje- el reportero logró agenciarse un medio de transporte hasta el centro de la ciudad. Se trataba de un viejo Ford Focus de tres puertas conducido por uno de esos mercenarios que se dedicaban a jalonar los innumerables controles de la carretera A-2, que unía Barajas con Madrid.

En el primer control, varios paramilitares robaron a Santiago la cámara de fotos y le exigieron 1000 pesos para evitar la ejecución del chófer-mercenario.

En el segundo, tan solo le recomendaron prudencia -"la zona de Gran Vía está tomado por francotiradores y es difícil salir de allí con vida. Es una ratonera"-, y le pidieron 200 pesos para seguir.

Así sucesivamente -cuatroles más- hasta que llegó a la plaza de Felipe II, una zona a priori tranquila, donde se reunía la prensa internacional. Llegar hasta allí no costaba menos de 10.000 pesos.

Los pocos periodistas que permanecían en Madrid ocupaban viejas casas en este barrio debido, fundamentalmente, a que allí estaba el único edificio de El Corte Inglés que se mantenía abierto y, por tanto, uno de los pocos lugares donde se podía encontrar comida en buenas condiciones; eso sí, a precios astronómicos

Santiago, que llevaba más de 25 años fuera de España, pensó en aquel Madrid brillante previo al estallido de la crisis financiera. El Madrid de los teatros, de los cines, del Bernabéu, de las procesiones y cabalgatas, de las tapas, de las cañas del domingo. Un Madrid que cambió la peseta por el euro y que, más tarde, tuvo que acuñar pesos españoles.

Nadie pensaba que los acontecimientos pudieran precipitarse a tanta velocidad: primero fue la crisis económica; luego llegaron los ataques a la deuda pública; después, la intervención de la Unión Europea; y finamente la expulsión.

El paro se disparó hasta los ocho millones, la inflación se desbocó, el Estado no pudo hacer frente al pago de la deuda, las familias perdieron sus casas y coches... primero llegó la pobreza, luego la hambruna. Entretanto varios milmillonarios estadounidenses, rusos y saudíes, se apropiaron de los activos de las grandes compañías, de los valores, de las propiedades, de la vida de la gente.

Santiago recordaba con claridad el momento en el que la primera patrulla urbana asaltó el primer supermercado en  Rivas Vaciamadrid y vació por la fuerza sus existencias. Luego comenzaron acciones violentas, asaltos, robos con agresión asesinatos.

A las pocas semanas, un grupo ciudadano tomó el Congreso y el Palacio de La Moncloa. Murieron 150 personas... el Ejército y la Policía se partió en decenas de facciones diferentes.

Madrid murió: sin servicios públicos, ni transportes, ni comercio; con la ciudad arrasada por el fuego, la pólvora y el plomo era difícil mantenerse.

Y todo empezó por una crisis económica que parecía originada artificialmente para que todo esto pasara, pensó Santiago mientras recibía un balazo en el pecho que lo dejó fulminado en el suelo.