Los españoles tenemos el hambre grabado en los genes. La mayoría de nosotros no pasamos (aún) grandes necesidades. Más o menos todo el mundo tiene un plato de comida sobre la mesa; y muchos son los que llegan al día 30 con diez euros en el bolsillo para echar unas cervezas con los amigos.
En España no se pasa hambre; sin embargo, los españoles nos comportamos como si estuviéramos permanentemente en estado de máxima necesidad.
Me he pasado cuatro días encerrado en la Feria Internacional del Turismo (FITUR 2012). Y allí he podido comprobar de primera mano, cómo los españoles nos lanzamos literalmente a por todo aquello que regalan, ya sea un boli, un caramelo, un libro o un folleto de algo que no nos interesa en absoluto. La gente, juro que lo vi, va a FITUR con maletas, pero no para salir de viaje, sino para acumular papelotes y más papelotes sin objetivo alguno. "No me hace falta, pero me lo llevo, porque es gratis".
España es uno de los pocos países donde un kilo de caramelos puede durar lo que tardan en pasar cuatro españoles por delante de él. Al quinto ya no le queda ni uno. Cogemos los caramelos a puñados, igual que hacemos dos horas de cola cuando UPA regala una bolsa de patatas en la Plaza Mayor.
En FITUR la gente se come todo, hasta lo que explícitamente no le gusta. Si alguien ve una zona acotada y unos camareros con bandeja, trata de colarse a ver si pilla un canapé, aunque acabe de comerse un búfalo relleno de polvorones.
Y esto no puede tener otra explicación que el hecho de que en España, desde tiempos ancestrales, siempre se ha pasado mucho hambre y mucha necesidad. Mi abuela guardaba un paquete de café y varios de legumbres en su dormitorio "por si algún día hace falta". Los españoles llevamos en nuestro ADN el gen de la miseria heredado de nuestros tatarabuelos. Es por ello, creo yo, que cuando vemos que algo es gratis nos lazamos a por ello aunque no lo necesitemos o, incluso, lo aborrezcamos.
Somos un país con hambre atávico.
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